Un riesgo con final trágico

Artículo publicado en 2013 con motivo del 20º aniversario del fallecimiento de Reggie. Por Lartaun de Azumendi

 

Comenzó interesándose por el football pero su hermano mayor entró al quite y le advirtió de que en un deporte como ese no podría prosperar un tirillas como él. Earvin jugaba al baloncesto y acogiéndole bajo su ala le acercó al deporte de la canasta. Recorrían cinco manzanas, desde la North Rose Street al North Patterson Park. Allí le esperaba un playground de cemento, un hábitat distinto al que solía pisar en el manejo del balón oval.

En un principio no le suscitó un especial interés y no sería hasta que comenzara a salir de noche a la cancha del barrio cuando su gusto por el basket brotó. Se hizo como jugador en el Cecil Kirk Recreation Center. Alrededor, por doquier, camellos, pistolas, drogas y peleas decoraban los barrios humildes de la ciudad. Como en tantos casos, el deporte podía servir como tabla de salvación para los miles de chicos que iban sabiendo del rápido y lucrativo camino del hampa de baja estofa. En su casa, Peggy veía cómo sus chicos crecían felices en un hogar sin comodidades pero donde la atención a los pequeños presidía el decálogo de labores familiares.

Aquel chaval fue demostrando, a quienes competían con o contra él, que tenía madera para buscarse un lugar en el equipo del instituto. Eso creían algunos, no así el entrenador que no supo entrever sus habilidades –o quizá pensó que con su físico no lograría aportar al grupo-. Sea como fuere, le dejó fuera del equipo y, como suele ocurrir, él no lo encajó nada bien. Se sabía jugador y peleó aún más en las canchas de la calle para que cuando le llegara la siguiente oportunidad, las dudas desaparecieran. Así fue. Se ganó el derecho a ser un ‘Poet’. Un larguirucho poeta de envidiable suspensión y luminoso destino.

Cuando el verano de 1982 tocaba a su fin, el plantel de los Poets tenía todo el aspecto de poder comerse el mundo. Aquel longilíneo swingman corría la cancha del colegio con Tyrone y Reggie, juniors como él, y con un senior de nombre David. Según fue transcurriendo la temporada pudo comprobarse que no había un equipo escolar como aquel en toda la ciudad, en todo el estado. No existía un solo conjunto en todos los EE.UU. que fuera mejor que el de ellos. Los Poets lo ganaron todo. El récord de 29-0 les llevó a hacerse con el número 1 del ránking estadounidense de la campaña 82/83. Un instituto público de barrio marginal, un edelweiss entre toda la mugre del jaco y los balazos.

El veterano David subió de peldaño y fue abrazado por las mejores universidades. Eligió un cercana a su casa. Tyrone, Reggie y nuestro delgado protagonista continuaron creciendo. Tras la experiencia de la temporada anterior y con el listón tan alto como lo habían dejado, las expectativas eran muy altas y las posibilidades de repetir éxito estaban ahí. No volver a hollar la cima habría sido lo más lógico, al y fin y al cabo una mala tarde la tiene cualquiera… Pero los Poets dominaban todos los palos. El soneto, el endecasílabo, el alejandrino, la rima asonante y la consonante, el ripio, la cuarteta. Todo. Así que sus enfervorizados fans volvieron a ser los más felices de la ciudad: 31-0. Los más dichosos del estado. Los seguidores más orgullos del país. Los primeros de la nación de 1983/84. ¿Dos entorchados norteamericanos consecutivos de High School? Tal cual.

Los Poets representaban con orgullo a los alumnos del Paul Laurence Dunbar High School o Dunbar High School a secas. Paul Laurence Dunbar fue uno de los primeros poetas y escritores negros de los EE.UU. y daba nombre a una escuela con dos piedras angulares en su día a día: una cobertura sanitaria que era la envidia de la ciudad y un programa de baloncesto de muchos quilates dentro de la modestia del centro. Por sus aulas y canchas había pasado un tal Skip Wise –del que nunca podrá olvidarse Adrian Dantley- y tras estos chicos del doblete nacional lo harían otros como Keith Booth y Sam Cassell. La escuela, con más aspecto de almacén industrial que de edificio destinado a formar chicos, sigue en pie en el East Baltimore en la confluencia entre las calles Caroline y Orleans. El Este de Baltimore era una combinación de cemento y asfalto con importantes dosis de violencia y drogas. Una jungla de la que no resultaba nada sencillo abstraerse, y el baloncesto callejero de ‘The Dome’ –algo similar al Rucker neoyorquino- y el que se practica bajo techo en el Dunbar High sirven para que un puñado de chavales intenten el camino más difícil pero seguro.

En aquel laureado Dunbar High, David era Wingate. Tyrone era Bogues, Reggie era Williams y el cuarto del póquer –que sorprendentemente cubría el rol de sexto hombre- no era otro que Reginald C. Lewis, Reggie Lewis. El mejor sexto hombre escolar de la nación.

Wingate ya llevaba un año con los Hoyas de Georgetown y a él se le unió esa máquina de anotar que era Reggie ‘Silk’ Williams. El diminuto Muggsy Bogues tiró para Wake Forest y el bueno de Lewis, el menos rutilante de todos, hubo de esperar un poco más para decidirse. Su madre, Ines ‘Peggy’ Ritch, recuerda aquellos días: “Había gente que venía por casa para que Reggie fuera al college a estudiar y jugar a baloncesto pero nunca pensé que aquello fuera otra cosa que formarse académicamente y practicar un deporte que le gustaba. Jamás imaginé que fuera a ser algo importante en aquella época.”

Jim Calhoun, entonces entrenador de la Northeastern University, le vio jugar con su equipo del instituto en un encuentro al que no había asistido ningún otro coach universitario de Division I: “Tuve la fortuna de ver ese partido en el que anotó 26 puntos. Dos días después apenas jugó -ante otros técnicos más- y no aportó casi nada. Anotó seis tantos. Fue una excelente noticia… para mí, que ya había podido comprobar su calidad. Reggie medía aún 1,98 pero, por increíble que pueda parecer, ¡solo pesaba 69 kilos! Le hicimos una oferta y nos dio el sí. Después llegó Wake Forest, seguramente con mejores perspectivas de futuro, pero Reggie era un chico leal y mantuvo su palabra. Se vino a Northeastern, que no dejaba de ser una pequeña universidad dentro de la ciudad de Boston.”

Reggie Lewis era conocido por todos como ‘Truck’, si bien el apodo nunca alcanzaría resonancia alguna en el escalón profesional años después. Muggsy Bogues ni siquiera recuerda el porqué de su seudónimo: “Le llamábamos ‘Truck’, ya no recuerdo exactamente por qué pero puede ser que fuera por lo lento que se movía…” Su madre, sin embargo, da con la tecla. Según rememora Peggy, Reggie comía de las sobras de todos los platos que había en la mesa. Un día, su marido le comparó con el camión de la basura (garbage truck) y aquello se extendería por el patio de juego para acabar siendo simplemente Truck.

A las órdenes de Calhoun se convirtió en referencia para Northeastern. Cumplió con los cuatro años necesarios para licenciarse y disputó 122 partidos. Sus estadísticas sin ser deslumbrantes, hablan de la capacidad de Lewis como jugador de baloncesto: 22,2 puntos, 7,9 rebotes, 49,7% en tiros de campo, 75,6% en los libres, 1,9 robos y 1,3 tapones en 34 minutos de juego. Los Huskies consiguieron un récord de 27-5 en su año de freshman. Superaron a Long Island University en la ronda de apertura del NCAA Tournament para caer por la mínima en primera ronda ante Virginia Commonwealth (70-69).

Como sophomore ayudó a su equipo a lograr un 22-9 para terminar cayendo a las primeras de cambio contra la poderosa Illinois por 76-57. En su año de junior sus números crecieron en la faceta reboteadora y de nuevo consiguió hacer de su pequeña universidad un rival de cuidado. 26-5 y eliminados en primera ronda por Oklahoma. Antes de postularse para el draft, Northeastern volvió a situarse arriba con un 27-7 y esta vez fue Purdue quien les mandaría a casa en el encuentro inicial del torneo. Northeastern, un college que casi nadie sabía situar en el mapa norteamericano hasta entonces, cerraba un ciclo con Reggie Lewis a la cabeza con un récord de 102-26. Tocaba esperar al draft de 1987 para saber que iba a ser del bueno de Lewis.

Wingate había sido escogido por los Sixers el año anterior. Había sido una gran promoción la del 86 y David fue llamado en el puesto 44 por los de la ciudad del amor fraterno. Sus tres “hermanos menores” de Dunbar High se licenciaban en 1987 y conocían su destino: la NBA. Reggie Williams fue elegido en el cuarto lugar por los Clippers. Muggsy Bogues, por los Bullets en el duodécimo turno de elección. ¿Y Reggie Lewis? Muchos analistas esperaban que fuera a estar entre los diez primeros de la elección del 87, pero en el predraft camp de Chicago su juego fue pobre.

“La gente no sabía que estaba enfermo esa semana,” declaró tiempo después Red Auerbach. “Ni siquiera tendría que haber jugado pero no quería que los ojeadores pensaran que se estaba acobardando. Así que salió y jugó. Un error para él y un respiro para nosotros. Los ojeadores van a los partidos todo el año, acuden a ver entrenar a los chicos, hablan con sus entrenadores. Después les ven jugar dos días en Chicago o un día en unas pruebas y cambian su idea sobre ellos. Si un chaval es bueno en los partidos, es un buen jugador. Si el chico trabaja duro en los entrenamientos, significa que va a practicar duro. Realmente no entiendo a muchos de los ojeadores de hoy en día,” sentenciaba el viejo Red.

Auerbach conocía de sobra a Lewis. Le había visto competir con Northeastern, gracias en gran parte a que los Celtics eran de la misma localidad que el pequeño college, y por ello no tenía duda alguna sobre Reggie. La única –y muy razonable, por cierto- era si el chico de Baltimore iba a estar disponible para ser elegido por los orgullosos verdes en el puesto 22. La fiebre de Chicago dio resultado. Cuando David Stern anunciaba que los Hawks de Atlanta escogían en el número 21 a Dallas Comegys de DePaul University, los dirigentes de Boston daban un respingo de alegría y se aseguraban a la estrella de la local Northeastern un año después de la fatídica noticia de la muerte de Len Bias.

“Fue una de las elecciones más sencillas que he realizado,” diría el judío de Brooklyn. “No podíamos creernos que todavía estuviera allí.” El entonces casi septuagenario ya no era el GM de los celtas desde que Jan Volk accediera en 1984 a ese puesto, pero así y todo él seguía siendo los Boston Celtics: “Yo siempre les decía, ‘Caballeros, esto no es una democracia. Es una dictadura’ -declaraba Auerbach sin ambages-. Aquello no significaba que no pudieras estar en desacuerdo conmigo, podías. Pero tenías que mostrarme exactamente por qué alguien que a ti te gustara era mejor que aquel que me gustaba a mí. No ocurría muy a menudo.”

Mamá Peggy rememora esos días. “Me llamó y me dijo: ‘Mamá, he sido elegido por los Boston Celtics.’ Y yo le dije que a ver qué eran los Boston Celtics. ‘Son un equipo profesional de baloncesto. Cuando se lo cuentes a la gente ellos sabrán decirte lo que son los Celtics. Cuando mañana te vuelva a llamar ya sabrás para entonces qué son los Boston Celtics.’ Yo en aquella época no sabía nada del mundo del deporte y por lo tanto no tenía una idea sobre lo que era los Boston Celtics. Solía ir a veces a la cancha de baloncesto a ver partidos pero era porque jugaba mi hijo. Cuando conté que Reggie había sido elegido por los Celtics, la sorpresa que me mostró mi interlocutor fue tan grande que le tuve que preguntar a ver si se trataba de algo realmente importante. ‘Claro que es algo muy importante, Peggy’, me dijo. Entonces fue cuando comencé a vislumbrar que la noticia que me acababa de dar mi hijo era de una gran magnitud.”

Jeff Twiss era vicepresidente de relaciones con los medios de los Celtics en 1987 y tuvo, como tantos otros, la oportunidad de conocer a Lewis de cerca: “Después de la tragedia de Lenny, un jugador total, nos llegó la oportunidad de elegir a Reggie y no tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que era un jugador que podía de alguna forma sustituir a Dennis Johnson, Danny Ainge o Larry Bird por la versatilidad que tenía y el gran carácter que mostraba.”

Twiss se refiere al primer año del número 35: “La filosofía de los Celtics en lo que referente a los rookies era clara. La temporada tiene 82 partidos y tienes que esperar tu turno si quieres jugar. Para disfrutar de minutos tienes que ganarte los galones para jugar en lugar de los compañeros que ya están consolidados. En ese sentido, Reggie siempre se mostró paciente o al menos era la sensación que transmitía hacia quienes le rodeaban. Era una persona que siempre tenía la sonrisa en la cara, era paciente y tenía ese carácter cálido y cercano, aspectos que eran bien valorados por K.C. Jones y su equipo de técnicos, por Red Auerbach y por el resto de sus compañeros.”

El curso de novato de Lewis en los Celtics le permitió observar, abrir bien los oídos y, sobre todo, aprender de compañeros de la talla de Bird, McHale, Parish, Johnson y Ainge. También aportó, si bien no demasiado. Fueron 49 partidos con poco más de ocho minutos por choque en los que pudo promediar 4,5 puntos. Brad Lohaus y Mark Acres, también rookies, disfrutaron de mucho más tiempo en la cancha pese a ser dos fardos de cuidado. Su segunda campaña fue la de su asentamiento en la escuadra. La pronta lesión en ambos talones de Larry Bird hizo que Jimmy Rodgers –sustituto en el banco de K.C.- decidiera dar un paso adelante para convertir al exterior de segundo año en protagonista de las alineaciones. La apuesta resultó positiva y más todavía si se tiene en cuenta que jugó como alero cubriendo la ausencia del paleto de Indiana. 18,5 puntos, 4,7 rebotes, 2,7 asistencias con 48,6% en tiros de 2 y un 78,7% desde la charity stripe en 32 minutos largos de media no dejaban lugar acerca de la calidad y el descaro del sophomore. Reggie disputaría en esa temporada y las cuatro siguientes 401 partidos sobre 410 posibles.

El minúsculo Bogues revisa los años de obligado relevo en Boston y el papel de su excompañero de instituto en la mejor franquicia de la NBA: “Cuando las lesiones de Larry Bird, el pie de McHale y la muerte de Lenny Bias hacían preguntarse a la gente de Boston quién sería el hombre que asumiría el rol de líder de la franquicia para los próximos años, Reggie dijo ‘yo quiero ser ese hombre’ y así despejar la incógnita que tenía en vilo a toda una ciudad. Él salió del segundo plano para recoger la antorcha que parecía no tener dueño en el corto plazo.”

“Reggie fue el sexto capitán de los Celtics (Cousy, Russell, Havlicek, Cowens, Bird), de un equipo con una historia enorme. Hay que tener en cuenta que Boston ya fue campeón en la temporada 56/57 y él fue nombrado capitán entrados los noventa. Era un distinción muy especial para él y se la tomó muy en serio. Reggie no solía apenas hablar, nos decía que ya sabíamos sobre lo que iba ser un celtic y lideraba desde el ejemplo. A través de su dedicación y su fuerza.” Son palabras de uno de sus mejores amigos del vestuario de Boston, Dee Brown.

De Lewis suelen destacarse su potencial ofensivo y su compromiso silente, mas Reggie era un defensor temible.

El último día del calendario de marzo de 1991, los Bulls se enfrentan a los Celtics. El escenario, el incomparable Boston Garden. Michael Jordan está a menos de tres meses de su primer título como jugador profesional. Frente a él, Reggie Lewis. El joven de Baltimore tiene un plan para tratar de frenar la habitual capacidad anotadora del neoyorquino.

Prestemos atención a cuatro momentos del choque:

MJ dribla dentro de las letras hacia su izquierda, gira y se levanta para llevar a cabo su famoso fade away, un lanzamiento que no había quien prácticamente pudiera taponar. Lewis lleva un rato persiguiéndole y su mano derecha consigue desviar el tiro de Jordan que cae en las manos de un Larry Bird que monta el contragolpe.

Reggie espera a Michael en lo alto de la bombilla. El bull realiza un cross over para superar al escolta verde y se marcha por la izquierda. Pese a todo, Lewis consigue situarse a la altura de un MJ que frena en seco y se alza para un pull up. Reggie salta unas décimas después de su temido rival, alarga su brazo izquierdo e impide con su mano que Michael realice el tiro en el instante mismo en el que va a soltar el balón.

De nuevo Jordan al ataque. Ahora fuera de la línea de tres, intenta irse de Lewis por la derecha pero no lo consigue. Se pasa el balón entre las piernas y avanza un paso hacia Reggie para coger el lado izquierdo y aproximarse a la raya de los tiros de personal desde donde se levanta –y parece pretender quedarse suspendido mientras el resto del mundo sufre el efecto de la gravedad- para lo que da la sensación de que va a ser una canasta fácil. Lewis aparece por detrás y en el último suspiro su brazo izquierdo rodea a Michael para rechazar la pelota a la parte posterior del aro. Parish recoge el rebote y da inicio a un contraataque.

Larry Bird tapona a Scottie Pippen pero el esférico cae en manos de Jordan en la línea de los libres. Bota el balón y se decide a jugarse una suspensión. Reggie Lewis le tapona con la mano derecha y controla el balón suelto para el cuarto tapón del escolta de los Celtics sobre His Airness. Es la primera y última vez en la carrera de MJ que sufre cuatro tapones por parte de un mismo jugador. Jordan no da crédito a lo que acaba de suceder.

Para cuando el mito de Indiana decide cortar su carrera en los JJ.OO. de Barcelona, Reggie Lewis es el presente y el futuro de la franquicia de Massachusetts. McHale, con una lesión crónica por forzar un pie roto en los playoffs del 87, cuelga las botas un año después.

Es el 29 de abril de 1993 y el Garden recibe a los Charlotte Hornets de Alonzo Mourning, Larry Johnson y Kendall Gill. Es el primer partido de la ronda inicial de los playoffs de la Conferencia Este. Tres de los cuatro jugadores que llegaron a la NBA de aquella excelente escuadra del Dunbar High van a vestirse de corto. Por los C’s, Reggie Lewis. Por los Hornets, Tyrone Bogues y David Wingate.

Lewis, titular indiscutible, ha comenzado el partido como un huracán anotando 10 puntos en tres minutos y 17 tantos en 13. Sherman Douglas comandaba el contragolpe local y conduce el balón por el centro de la cancha. A su izquierda tiene a Lewis quien da unos tres últimos pasos ciertamente erráticos hasta que da con su rodilla izquierda en el suelo sin motivo aparente mientras sus manos tratan de apoyarse en el parquet. Cae desplomado. Frente a él, Johnny Newman le mira extrañado. El juego continúa con Douglas cediendo el esférico a Kevin Gamble quien bajo el aro asiste de espaldas a un Robert Parish que la hunde en la canasta de los de Carolina del Norte. Mientras, Reggie Lewis se ha sentado enseguida y parece no entender lo que ha sucedido. Una sonrisa nerviosa alumbra su rostro. Se le intuye desorientado.

Los Celtics provocan una falta para que pueda producirse el cambio ya que el juego ha seguido su curso normal. Lewis se levanta, es ayudado por Ed Lacerte –el trainer local- y recibe las carantoñas de Joe Kleine, Xavier McDaniel y Kevin McHale antes de alcanzar el banquillo y verse sustituido por su amigo Dee Brown.

¿Qué ha sucedido? ¿Una torcedura de tobillo? ¿Un mareo? Nadie sabe nada. Pasa tres minutos en el banco y Arnold Scheller, galeno del equipo, da el ok para su reincorporación al juego. Transcurre un minuto y está claro que Reggie se está tambaleando. Scheller acompaña a Lewis a los vestuarios. Algo va mal.

Scheller revisa el vídeo de la jugada en el descanso y ve que no ha habido ningún ataque antes del colapso del jugador. Dictamina que simplemente se ha mareado, teniendo además en cuenta que el jugador le reitera que se encuentra bien. Dave Gavitt quiere conocer la opinión del médico acerca de que Lewis pueda volver a jugar en la segunda parte y Scheller da el visto bueno. El 35 de los Celtics sale a competir pero dura seis minutos más antes de que dé señales claras de no encontrarse bien. Vuelve al vestuario y esta vez de manera definitiva.

Los Celtics acabarían ganando ese primer choque de los playoffs. Reggie Lewis no jugó más y los Hornets se llevaron las series por 3-1.

Arnold Scheller jr. al servicio de los Celtics desde 1987 a 2005, hizo que el jugador fuera sometido a decenas de exámenes por lo que se consideró en la época un Dream Team de doce médicos liderados por el doctor Thomas Nessa, especialista en enfermedades cardiovasculares del New England Baptist Hospital. Lo que más impactó a Scheller fue que la decisión de la docena de galenos implicados en resolver qué le sucedía a Lewis resultara unánime. No había sufrido ataque cardíaco, no había rastro de virus alguno. Reggie Lewis, siempre según los reputados especialistas, sufría una arritmia en el ventrículo izquierdo que desaconsejaba que siguiera practicando deporte y más aún a ese nivel. El doctor Nessa habló con el capitán de los Celtics y le comunicó que era necesario seguir practicando pruebas para determinar qué era lo que realmente le estaba causando esa arritmia. El final de la carrera del joven de Baltimore parecía casi inminente.

Mamá Peggy vuelve a echar la vista atrás: “Cuando vimos como sufrió el colapso contra Charlotte, no temimos nada especial porque pudimos presenciar cómo se levantaba y salía del campo. De hecho no hablamos con él hasta pasados unos pocos días cuando nos acercamos a Boston y le visitamos en el hospital. Yo quería pasar la noche con él pero finalmente dormimos en su casa. No vinimos para Baltimore el domingo, que era el día de la madre, y él seguía en el hospital aún.”

Donna Harris Lewis, esposa de Reggie y embarazada en ese momento del segundo hijo de ambos, había trabajado en el departamento de recursos humanos del Brigham and Women’s Hospital un tiempo atrás. Montó a Lewis en el coche y ambos se presentaron en este centro sanitario con el fin de que otro especialista les diera una segunda opinión – o una decimotercera, en realidad-. El médico que vio a Reggie era el doctor Gilbert Mudge jr. Tras una semana de pruebas, Mudge ofreció una rueda de prensa para explicar qué había visto después de practicarle el protocolo pertinente.

“Soy optimista acerca de que bajo supervisión médica, el señor Reggie Lewis será capaz de volver al baloncesto profesional sin limitaciones”, aseveró públicamente el cardiólogo del Brigham and Women’s. “Reggie tiene el corazón de un atleta normal. Lo suyo ha sido provocado por un desvanecimiento.”

“Cuando el señor Reggie Lewis comience su preparación física, –declaraba el doctor Mudge- yo espero trabajar junto a él y la organización de los Celtics para monitorizar su progreso y su terapia médica.”

La periodista y escritora Jackie MacMullan recuerda como salió de aquella conferencia de prensa diciéndose: “Oh, Dios mío… Reggie, ¿qué estás haciendo?” Confiesa que ni creyó en aquel entonces el diagnóstico del doctor Mudge ni tampoco lo hace hoy en día.

Reggie y Donna, sonreían desde el estrado con la sensación de haber encontrado un diagnóstico médico que coincidía con lo que ellos querían escuchar. Qué más podían pedir tras tantas pruebas y ante tan largos periodos en los hospitales.

A pesar de la seguridad que había mostrado con su diagnóstico, el doctor Mudge le recomendó a Lewis una tercera opinión. Un equipo médico de California, y que nada tenía que ver con el circo mediático que se había montado en Boston, llegó a una conclusión casi idéntica a la del Dream Team. Mudge se comprometió a estar aún más cerca de un Reggie que daba síntomas de estar pasándolo mal ante la posibilidad de no volver a pisar en su vida el parquet de una cancha.

La tarde del 27 de julio de 1993, Reggie Lewis estaba realizando una rutinaria sesión de tiro a canasta en la pista de la Brandeis University cuando súbitamente se desplomó. Poco después, a las 7 de la tarde, el hospital al que había sido trasladado confirmaba su defunción. Habían transcurrido 7 años y 1 día desde el fallecimiento de Len Bias.

“Recibí la noticia de su muerte por teléfono en la habitación de un hotel. Al día siguiente cogí un avión a Boston. No recuerdo nada. Ni mi viaje hasta el aeropuerto, ni el vuelo, ni mi llegada al Aeropuerto Logan, ni cómo llegué a las oficinas de los Celtics en Merrimac. Nada. De hecho si no fuera por una fotografía que tengo en el iPad, no sería capaz de acordarme de que di una rueda de prensa junto a Rick Fox, Dave Gavitt y Jan Volk.” -recuerda su amigo y compañero Dee Brown.

Su madre rebusca en su memoria: “Cuando supe que había vuelto a tener un colapso pensé que todo estaría bien, que habría sido como la primera vez que cayó. Habíamos hablado para que viniera a casa a ver a especialistas y a pesar de que él estaba convencido de que nadie le iba a parar, unos pocos días antes del último colapso, se había comprometido en venir a Baltimore. De hecho el mismo lunes 26 iba a haber venido para ver al doctor. Pero…”

“El día del homenaje por las calles de Boston, fue verdaderamente increíble. El respeto que le mostraba la gente… Yo estaba más que orgullosa, todo esto es por Reggie me decía a mí misma. Este es mi Reggie. Él estaba realmente bendecido.” -rememora emocionada Peggy la jornada del funeral.

Jeff Twiss estaba sentado frente a Red Auerbach poco después del luctuoso hecho. El de Brooklyn se encendió uno de sus sempiternos puros y sentenció: “ Nos va a costar 6 o 7 años recuperarnos de la muerte de Reggie.”

El 22 de marzo de 1995, el techo del Garden se vio honrado con la retirada del 35 del escolta de Baltimore. Reggie Lewis ya era inmortal. “Me lamento de pocas cosas -admitía esa noche Auerbach- pero si tengo un lamento de verdad. Nunca tuve el placer ni el honor de entrenar a Reggie, porque, para mí, él personificaba todo lo que un celtic debería ser.”

Se escribieron ríos de tinta acerca de la posibilidad de que Lewis hubiera sido consumidor más o menos habitual de drogas, pero nadie fue capaz jamás de demostrar nada al respecto. Ni algún excompañero universitario de tercera fila que quiso sacar provecho de su muerte en prensa ni ninguno de los médicos que le trataron en vida o tuvieron acceso a la autopsia.

Dee Brown, años después, confiesa que no hay día que no se acuerde de Lewis desde entonces, y aún más si cabe de unos años a esta parte: “Hay un jugador de hoy en día en el que veo a Reggie Lewis y ese no es otro que Kevin Durant. Por la forma en la que juega, por cómo tira. Le veo y digo, es como Reggie pero no es Reggie.”

Como Reggie no volverá a haber otro en Boston, una ciudad que desgraciadamente está demasiado acostumbrada a las prematuras muertes de héroes como Harry Agannis, Tony Conigliaro, Len Bias y el propio Reggie. A esto y al trato inflexible e inhumano que la NBA dispensó a los Celtics de Red tras el trágico episodio de aquel verano del 93. Pero eso, daría para otra historia.

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